Portada Acerca de Brenes JCROLDANPHOTO

La anécdota …

admin, 23/09/2005

Pues este verano de vacaciones en Almería, en un Hotel, tuve la oportunidad de toparme cara a cara con una persona que conoce de cerca la historia de Drácula, y todo esto en vivo y sin anestesia.

Esta persona nació en un pueblo a 30 kilometros del Castillo de Drácula en la región de Transilvania, Rumania.

Mientras esperaba la cola de las crepes en el comedor de mi hotel, y como habia que esperar un ratillo, guiado por el acento de la Europa del Este, se me ocurrio preguntarle su procedencia como forma de entablar una charla intranscendente.

Cual seria mi sorpresa cuando me contó que nacio en un pueblo de Transilvania y que emigró a España buscando trabajo en los hoteles. Claro, al mencionar Transilvania, se dispararon todos mis recuerdos sobre vampiros (que durante una época me torturaron con mis miedos) y no pude menos que hacer el comentario (…chiste fácil) de rigor sobre el Conde Drácula.

Con la naturalidad que da la cercanía y el conocimiento, me explico que todo empezó con la abuela de Blado Draco (no sé si se escribe así). Decían en su pueblo y aledaños del castillo que era una bruja y que raptaba los niños para beber su sangre con el fin de permanecer joven. Más tarde sus hijos y nietos fueron grandes emperadores que lucharon contra los turcos como consta en la Historia.

Decia también que algo de cierto tenían aquellas historias pues la cultura popular ha conservado la leyenda que luego escritores rumanos y extranjeros como el propio Bran Stocker han recogido en sus obras de “ficción”.

Mientras procedía a su relato a la vez que construía la forma de la crepe sobre la plancha, mi hijo me miraba atonito y con cara de asustado y no paraba de preguntarme si era verdad lo que esta mujer nos contaba. Carlos tiene 8 años y tuve que capear el temporal para ahorrarme las noches de pesadillas.

Así, una vez que terminó de hacer las dos crepes que estabamos esperando, las recogimos y nos fuimos a la mesa del comedor del hotel, con el estupor ante la bruquedad de encontrarnos con la realidad de nuestros miedos, así, sin anestesia ni nada.